Natseret

Dedicado A La Difusión De La Vida Y Las Enseñanzas Del Maestro Yahoshúa De Natséret

La Naturaleza Del Mesías

Posted by TzephanYAH GavriEL Ben Leví en enero 4, 2009

Introducción A La Fe Nazarena

La Naturaleza Del Mesías

Por José Clímaco Salgado

*** (Ver Nota de Pie De Página)

Si la cristiandad está equivocada en cuanto al Padre y el Espíritu Santo, no es de extrañarse que la encontremos equivocada en su concepto del Maestro Yahoshúa, el cual es la manifestación del Padre por medio del espíritu. La cristiandad cree que el Mesías es la encarnación de una de las tres esencias o personalidades distintas que se supone constituyen la Trinidad; y que aunque revestido en forma humana, creen que él es “Dios” en el sentido absoluto de ser el Creador. Esta es la doctrina de la sección trinitaria de la cristiandad, en oposición a la cual, otra sección cree que el Mesías no fue más que un hombre, engendrado en el proceso ordinario de la generación, y distinguido de sus semejantes por el preeminente otorgamiento de las “virtudes” de la naturaleza humana, que lo adecuaban para ser un ejemplo al género humano. Este concepto (el de los unitarios) lo considera como un maestro enviado del Padre, y en algún sentido como el Hijo de Elohim; pero niega la divinidad esencial de su naturaleza. Se verá que ambos conceptos están igualmente alejados de la verdad. La verdad yace en medio de los dos.

Los testimonios que enseñan la unidad indivisible de la Deidad, como el único Padre, del cual han procedido todas las cosas, y el cual es supremo sobre todos, incluso sobre el Mesías (I Corintios 11:3), no encajan con la representación trinitaria de Ser Divino. No se podría afirmar la supremacía y unidad del Padre si hubiera tres personalidades en una; doctrina que se presenta a nosotros como una contradicción en términos así como también en sentido. Yahoshúa enfatiza la distinción entre él y el Padre en las siguientes declaraciones:

“No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”. (Juan 5:30).

“Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió”. (Juan 7:16).

“Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí”. (Juan 8:17-18).

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Elohim verdadero, y a Yahoshúa el Mesías, a quien has enviado”. (Juan 17:3).

La marcada distinción reconocida y afirmada en estas declaraciones es incompatible con la doctrina que considera al Hijo como un constituyente esencial de un Elohim trino. Existen “el Padre, el Hijo y el espíritu santo”. La pregunta es, ¿cuál es la relación entre los tres, según se enseña en las Escrituras? La objeción que ahora se presenta es contra la relación que supuestamente existe entre estos tres según enseña la doctrina de la Trinidad. Lo que se propone demostrar es que no son tres poderes coiguales en uno, sino poderes de los cuales uno es cabeza y fuente de los otros. La Biblia muestra que El Padre es eterno e inderivado; el Hijo es la manifestación del Padre en un hombre engendrado por medio del espíritu divino; el espíritu santo es la concentración del poder del Padre, por medio de su “libre espíritu” que llena el cielo y la tierra. Por lo tanto, hay tres existencias que considerar, y una cierta unidad que subsiste entre los tres, puesto que tanto el Hijo como el espíritu son obra del Padre; pero el concepto trinitario del asunto está excluido.

Sin embargo, el punto de vista unitario queda descartado con mayor razón todavía. José no fue el padre de Yahoshúa; él mismo repudió su paternidad, y estaba a punto de rechazar a María, su desposada, cuando un ángel vino a él con este mensaje:

“José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del espíritu santo es”. (Mateo 1:20).

Esta maravilla había sido previamente comunicada a María por el ángel Gabriel, según se registra en Lucas 1:35:

“El espíritu santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Elohim”.

El unitario evade estos testimonios negando la autenticidad de los dos primeros capítulos de Mateo y Lucas. Las razones para esta negativa son del todo superficiales e insuficientes; es más, son francamente deficientes. La evidencia que prueba la autenticidad de los capítulos rechazados es más que decisiva; es irresistible. No deja lugar a dudas o contradicciones. Existe la evidencia unida de todos los antiguos manuscritos y versiones disponibles, apoyada por el reconocimiento de los primeros escritores cristianos, confirmada por el carácter interno de los capítulos y la necesidad del acontecimiento que ellos narran para explicar el carácter y misión de Yahoshúa de Nazaret. La divina paternidad de Yahoshúa seguiría siendo una verdad inmutable, aunque no existieran los registros de Mateo y Lucas. Sin embargo, estos registros son de incalculable valor. Son las ilustraciones circunstanciales de una verdad, la cual, aunque la naturaleza del caso y el testimonio la necesitan, no podríamos haber comprendido tan clara y satisfactoriamente sin ellos. Nos explican el aparecimiento y el carácter del Mesías, y nos informan del método divino de procedimiento, desde su comienzo en adelante, en la más maravillosa obra de Elohim entre los hombres.

No cabe duda de que el Mesías fue un ejemplo en el sentido de ser “santo, inocente, sin mancha”, pero también es cierto que fue muchísimo más. El objetivo principal de su misión está tan claramente declarado que no deja lugar para la doctrina unitaria del ejemplo moral. “He aquí el Cordero de Elohim, que quita el pecado del mundo”, dijo Juan el Bautista al ver a Yahoshúa (Juan 1:29). ¿Cómo lo quitó? La respuesta está en las palabras de Pablo: “Por el sacrificio de sí mismo” quitó el pecado (Hebreos 9:26). Yahoshúa mismo había dicho: “Pongo mi vida por las ovejas”. Pablo también dice a Timoteo:

“Yahoshúa el Mesías, el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por la buena nueva”. (II Timoteo 1:10).

El Mesías mismo declara el mismo hecho en esta forma:

“Porque no envió Elohim a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”. (Juan 3:17).

Además, Pedro dijo:

“Porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. (Hechos 4:12).

De esta forma, la salvación está directamente relacionada con la primera venida del Mesías y lo que él realizó entonces; no por el estímulo moral que proporcionó, sino en virtud del resultado esencial que logró por la misión que cumplió.

Dejando tanto a trinitarios como a unitarios, podemos descubrir la verdad de la Escrituras por nosotros mismos. El simple título de “Hijo” que se aplica al Mesías, es suficiente para demostrar que su existencia es derivada, no eterna. La frase “Hijo de Elohim” implica que el único Elohim, el Padre Eterno, fue anterior al Hijo, y que el Hijo tuvo su origen “en” o “de” el Padre, al cual debe estar, por lo tanto, subordinado en un sentido que no armoniza con el concepto trinitario.

“Yo te he engendrado hoy” es el lenguaje de la Escritura, indicando claramente un comienzo de días. Este concepto está confirmado por la declaración del Mesías:

“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo”. (Juan 5:26).

Por lo tanto, aunque el Mesías poseía vida inherente, esa vida le había sido conferida; en este caso no era inderivada. Sólo el Gran Increado, el Padre, puede decir:

“Yo soy Yahwéh, y no hay otro”. (Isaías 45:18).

Sin embargo, aunque la existencia del Mesías no es inderivada, es más directamente divina que la puramente humana. Un hombre es una incorporación de la energía mortal de vida de su padre. Yahoshúa no nació de la voluntad de la carne, sino de Elohim. Fue engendrado de María mediante el poder del espíritu divino. Este fue el origen de su título “Hijo de Elohim”. Notemos las palabras del ángel a María:

“Por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Elohim”. (Lucas 1:35).

Pero, aunque era Hijo de Elohim, era carne y sangre:

“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo… no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos”. (Hebreos 2:14, 16, 17).

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado”. (II Corintios 5:21).

Como Yahoshúa era de carácter impecable, esto sólo puede aplicarse a su constitución corporal, la que, por medio de María, era la naturaleza pecaminosa de Adán. Como Pablo dice en otra parte:

“Elohim, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado”. (Romanos 8:3).

El fue enviado “nacido de mujer” (Gálatas 4:4), “del linaje de David según la carne” (Romanos 1:3).

Yahoshúa fue “varón aprobado por Elohim entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Elohim hizo entre vosotros por medio de él”. (Hechos 2:22).

Esta es la descripción que Pedro hace de él. Pablo se refiere a él como ” Yahoshúa el Mesías hombre” (I Timoteo 2:5). El fue probado y disciplinado como también lo fue Adán, pero tuvo éxito allí donde Adán fracasó.

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia”. (Hebreos 5:8).

Esto descarta la idea de que Yahoshúa sea, como se dice, “verdadero Dios”. El fue Hijo de Elohim, la manifestación de Elohim por el poder del espíritu, pero no Elohim mismo:

“Porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó”. (I Juan 1:2).

Y de nuevo, en su narrativa del evangelio, Juan dice: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… lleno de gracia y de verdad”, (Juan 1:14), por lo cual queda de manifiesto que El Mesías fue una manifestación divina, una incorporación de un ser divino en la carne.

“Elohim no da el espíritu por medida” dice el mismo apóstol (Juan 3:34). El espíritu descendió sobre Yahoshúa en forma corporal en su bautismo en el Jordán, y tomó posesión de él. Este fue el ungimiento que lo constituyó el Mesías (es decir, el ungido), y le dio los poderes sobrehumanos que él afirmaba tener. Esto queda en claro por las palabras de Pedro, en su discurso a los gentiles en la casa de Cornelio: “…cómo Elohim ungió con el espíritu santo y con poder a Yahoshúa de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos…”. (Hechos 10:38).

Esta sola declaración es suficiente para refutar la creencia popular de la Deidad esencial del Mesías. Si él fuera “verdadero Dios” en su carácter como Hijo, ¿por qué fue necesario que fuera “ungido” con espíritu y con poder? No efectuó milagros antes de su ungimiento. No tenía poder en sí mismo. Esta es su propia declaración:

“No puedo yo hacer nada por mí mismo”. (Juan 5:30).

“El Padre que mora en mí, él hace las obras”. (Juan 14:10).

En el Gólgota, dejado en la total debilidad de su propia humanidad, él sintió la angustia de la hora, y clamó:

“Poderoso mío, Poderoso mío, ¿por qué me has desamparado?”. (Mateo 27:46).

Antes de su unción, Yahoshúa era simplemente el “cuerpo preparado” para la divina manifestación que se iba a realizar a través de él. La preparación de este cuerpo comenzó con la acción del espíritu divino sobre María, y concluyó cuando Yahoshúa, teniendo treinta años de edad, fue aprobado en la perfección de un carácter impecable y maduro. Después de que el espíritu descendió sobre él, Yahoshúa era la plena manifestación del Padre en la carne. El Padre, por medio del espíritu, habitó en el Mesías entre los hombres. “Elohim estaba mediante el Mesías,” dice Pablo, “reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados”. (II Corintios 5:19).

Cuando fue levantado de entre los muertos y glorificado, fue exaltado a recibir “toda potestad en el cielo y en la tierra”; su naturaleza humana fue transformada en divina; la carne se convirtió en espíritu. De ahí que tal como ahora existe, “en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad”, (Colosenses 2:9). El representa ahora la corporeidad del espíritu de vida tal como existe en los seres divinos. Pero este cambio de lo que era “en los días de su carne” no ha borrado ni una sola línea de sus recuerdos humanos. Esto es evidente en las palabras de Pablo referentes a su función sacerdotal:

“No tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades”. (Hebreos 4:15)

Esto sólo puede ser así porque Yahoshúa conserva un recuerdo de la debilidad en que él mismo estuvo envuelto en los días de su carne sobre la tierra. Cuando Yahoshúa dijo: “el que me ha visto a mí, ha visto al Padre,” no contradijo la declaración de que “a Elohim nadie le vio jamás”, sino que simplemente expresó la verdad contenida en las siguientes palabras de Pablo:

“El [el Mesías] es la imagen del Elohim invisible”. (Colosenses 1:15).

“…el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia”. (Hebreos 1:3).

Aquellos que miraron al Yahoshúa ungido, vieron a un representante de la Deidad accesible a la visión humana.

Yahoshúa declaró acerca de sí mismo algunas cosas que se han usado para apoyar la idea de que él existió como persona antes de nacer de María; expresiones como:

“Porque el pan de Elohim es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo” (Juan 6:33).

“Porque yo de Elohim he salido, y he venido”. (Juan 8:42).

“Salí del Padre, y he venido al mundo”. (Juan 16:28).

“Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”. (Juan 17:5).

“Porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”. (Juan 17:24).

Si embargo, es evidente que debemos entender estas expresiones a la luz de los hechos indudables de la vida y misión del Mesías. Estos hechos literales son que él fue engendrado del espíritu santo y nació en Betlehem (Lucas 1:35; 2:4-7); creció hasta ser hombre, aumentando con los años en sabiduría, estatura y experiencia (Lucas 2:52); se mantuvo como el inadvertido hijo de José el carpintero hasta que el poder del espíritu fue derramado sobre él en su bautismo (Lucas 3:22); después de lo cual efectuó las obras y habló las palabras registradas en la Biblia; fue puesto a muerte en debilidad (II Corintios 13:4); fue privado del poder del Padre cuando colgaba en la cruz y luego fue levantado de entre los muertos por el Padre (Hechos 2:24, 32; 3:15; 4:10; 5:30; 10:40; 13:30, 37).

Cuando Yahoshúa dijo que tenía poder para tomar su vida después de que fuera puesta, él expresaba la confianza de que Elohim lo levantaría. No era poder en el sentido dinámico, sino en el sentido de autoridad, y él añade inmediatamente: “Este mandamiento recibí de mi Padre”, es decir, el tomar su vida resultaría del poder y la autoridad del Padre, ejercidos en conformidad con la promesa dada por el Padre. Literalmente, Yahoshúa no tomó su vida sino que la recibió; el Padre lo levantó (ver las referencias en Hechos, tres párrafos atrás); pero dado que era el propósito del Padre, y que el Padre hablaba por medio de Yahoshúa (Juan 14:10), Yahoshúa podía decir apropiadamente que él tenía poder (o derecho) para resucitar.

En Jeremías 1:10 hay un ejemplo de este estilo de lenguaje, según el cual se considera que las cosas con que una persona está relacionada en el propósito divino, están bajo su control y conectado a su poder:

“Mira que te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos, para arrancar y para destruir, para arruinar y para derribar, para edificar y para plantar”.

Literalmente, el profeta no hizo ninguna de estas cosas, sino que fue subyugado e inmolado, tal como ocurrió a casi todos los siervos de YHWH; sin embargo, las cosas que él predijo acontecieron, y esto se toma como suficiente base para el lenguaje altamente elaborado citado más arriba, el cual considera el resultado de las predicciones de Jeremías como acciones personales de éste.

De acuerdo al mismo principio, el propósito de resucitar a un muerto se expresa pasando por alto su muerte, y suponiendo su existencia in-interrumpida. De ese modo, Yahoshúa deduce que habrá resurrección por el hecho de que YHWH se llama a sí mismo Elohim de Abraham, Isaac y Jacob, en un tiempo en que éstos estaban muertos. Los saduceos vieron la fuerza del argumento, y fueron silenciados, (Mateo 22:31-34).

El principio del argumento se basa en las palabras de Pablo, (Romanos 4:17):

“Elohim… da vida a los muertos, y llama a las cosas que no son [pero que han de ser], como si fuesen”.

Yahoshúa dijo: “Yo y el Padre uno somos”, (Juan 10:30). El no estaba diciendo, en vista de todo el testimonio bíblico, lo que los trinitarios interpretan, que él y el Padre eran idénticamente la misma persona (“de una misma sustancia, igual en poder y gloria”), sino que eran uno en su relación espiritual y en el propósito de sus obras. Esto se evidencia en su oración por sus discípulos: “Para que sean uno, así como nosotros somos uno”. La unidad no es en cuanto a persona, sino en lo que se refiere a naturaleza y actitud mental. Esta es la unidad que existe entre el Padre y el Hijo, y la unidad que finalmente se establecerá entre el Padre y toda su familia, de la cual el Mesías es el hermano mayor. Cuando esta unidad se establezca, el Mesías asumirá una posición más subordinada que la que ahora ocupa, en relación con la raza de Adán. Pablo dice:

“Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, para que YHWH sea todo en todo”. (I Corintios 15:28).

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*** Nota Aclaratoria: Es preciso recordar o enfatizar, asunto éste que debimos puntualizar desde el Primer Post,* que los temas aqui presentados son de la Propiedad Intelectual de cada uno de sus respectivos autores o de la procedencia que corresponda cuando se desconozca quién lo haya escrito.

Por lo cual, Ediciones Natséret, no “Endosa” ni “Participa Plenamente” de las ideas u opiniones vertidas en cada post. Solamente “Facilitamos” la información-documentación para el beneficio del público en general.

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Ver: https://natseret.wordpress.com/quienes-somos/

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